JAMÁS PERDAMOS EL ENTUSIASMO. “El mejor protectorado nuestro es no resignarse nunca”.
Víctor Corcoba -Escritor-
El mundo requiere de más humanidad entre sus moradores. Nuestro gran tormento en el camino proviene muchas veces de ese sentimiento de soledad, pues somos seres que necesitamos compartir y vivir en compañía, mayormente a la hora de enfrentarnos a una realidad dolorosa. Quizás tengamos que aumentar la atención inmediata, apasionarnos mucho más por injertarnos esos primeros auxilios esenciales de vida, que provienen del aliento que nos traslademos unos a otros, universalizando además esa cobertura de salud que logramos como derecho, si cabe aún más, con aquellos seres humanos débiles y desprotegidos. No podemos eclipsar ninguna existencia. Cada cual, por muy lejano que nos parezca, forma parte de nosotros. De ahí la necesidad de ser más respetuosos con nuestros análogos, de superar comportamientos destructivos y de recuperar con urgencia ese sentido innato de cohabitar unidos. Haciendo humanidad nos conoceremos mejor y batallaremos por cada niño que nos nace, porque es nuestra continuidad en el linaje.
Jamás perdamos, por tanto, el entusiasmo por vivir acogiéndonos y recogiendo ese cultivo que nos hermana, y que no debe ser otro, que la toma de conciencia por estar y ser, pues el tiempo de nuestras andanzas por aquí, nos exige de una gran lucha entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Por cierto, ya en su tiempo el inolvidable poeta español Antonio Machado (1875-1939), nos llamaba a poner atención, a pensar que “un corazón solitario no es un corazón”, es más bien una coraza que nos desespera y pervierte. Por ello, es menester activar los deseos de existir, máxime en una época en la que cada cuarenta segundos se suicida una persona. Es cierto que en algunos países han progresado en la prevención, pero aún no es suficiente, hacen falta incorporar nuevas estrategias y mayores controles, que fomenten las esperanzas de realización humana. Sin duda, el mejor protectorado nuestro es no resignarse nunca.
Por eso, es vital la ilusión de hacer realidad tantos sueños vertidos únicamente en palabras. Sabemos que la salud es una singular obligación de la especie, pero algunos países hacen bien poco por priorizar la atención. Naciones Unidas nos indica que son cien millones de personas las que se arruinan cada año por los gastos médicos. Pero a esto, deberíamos añadir, que miles de millones de ciudadanos, también requieren de nuestra ayuda, y de que pasamos a su lado, sin mostrar un mínimo de afecto, ni compasión alguna. Hay que cambiar de actitud. Nos merecemos un nivel de existencia adecuado. Mejoremos nuestra disposición para que así sea. Al fin, el mejor comienzo, siempre es el que se inicia desde uno mismo. En ocasiones necesitaremos atención médica, pero otras veces lo que requeriremos es una mera asistencia de compañía y apoyo. Lo pude comprobar hace unos días cuando acudí a un hospital psiquiátrico, dándome cuenta de lo importante que somos para que ese estado de bienestar completo se materialice en cada persona. Necesitamos que nos entiendan, sentirnos amados, porque somos seres en relación, y nuestra vida no se comprende de otro modo. En consecuencia, nada de lo que le ocurra a alguien, debe dejarnos fríos e indiferentes.
Aunque los trastornos por depresión y por ansiedad son problemas habituales de salud mental que afectan cada día más a multitud de individuos, no podemos perder ese congénito frenesí de hacernos más llevaderos los días. Tomémoslo como tarea colectiva. Puede que la desigualdad también sea el gran enemigo de la salud en el mundo, pero cuando la humanidad pone en acción el empeño por lo que es un deber conjunto de colaboración entre semejantes, nuestra vida mejora, y por ende, también la de aquellos que van a nuestro lado. A propósito, la Organización Mundial de la Salud acaba de indicar a los gobiernos que deben aumentar la inversión en la atención primaria, y junto a esto, hay que exteriorizar alegría, pero también es menester activar como punto de partida esa experiencia de amor verdadero que nos acerque y nos humanice. Indudablemente, hace tiempo que debimos entusiasmarnos en construir una renovada cultura del hermanamiento, respetuosa con toda vida, vivencial en formación y en poner en práctica una gran estrategia inclusiva. La exclusión nos deshumaniza por completo. Ese espíritu humanístico, que personalmente tanto me afana desvela, no es prerrogativa única de algunos, ha de ser compromiso de todos. Impidamos más derrotas entre nosotros. Fuera guerras. Al destierro las armas y su bellaco negocio. Progrese la razón y actívese el entendimiento, de gozar al máximo, sin robar el bienestar de los demás.
El diario digital EL FARO prosigue su andadura con un nuevo diseño en su página web. En las últimas semanas el equipo de trabajo de este periódico (1930-2019), ha iniciado un proceso renovador en su firme apuesta por la información, adaptando su página www.elfaromotril.es para ofrecer más contenidos, calidad y noticias a sus miles de seguidores, tanto en la propia web como en las redes sociales. Así, la información de Motril y la Costa Tropical, como de la provincia y Andalucía tendrán su reflejo diario con la clara idea de mantenerles informados en diferentes parcelas: política, sociedad, cultura, deportes, sucesos, entretenimiento, cartas al director y opinión. Todo, desde el rigor y la pluralidad que siempre han caracterizado a EL FARO, que el próximo año cumplirá, nada más y nada menos, que 90 años de vida desde su nacimiento.
Junto al equipo de redacción, y manteniendo a algunos de los colaboradores habituales en sus distintas secciones, se incorporarán progresivamente nuevas firmas en el apartado de opinión, aportando diferentes puntos de vista, desde el respeto y el conocimiento sobre los acontecimientos que nos rodean.
Teniendo como base fundamental las noticias del día a día, iremos incorporando nuevos contenidos relacionados con lo audiovisual, de manera que el devenir de nuestra comarca también se vea reflejado a través de vídeos, fotografías y audios, y que el usuario tenga una mayor y mejor perspectiva de lo que está pasando, de los aspectos de mayor relevancia que afectan al conjunto de la sociedad del sur de la provincia, pero sin olvidar el matiz diferenciador que siempre ha marcado el carácter del decano de la prensa de Andalucía Oriental: EL FARO, seguirá manteniendo su apuesta por publicaciones de los asuntos más domésticos, más cercanos a los ciudadanos, nuestras señas de identidad.
Con la misma ilusión que nace este nuevo proyecto digital, deseamos que sigan siendo partícipes de este diario, que entendemos, de corazón es patrimonio de todos, les damos por anticipado las gracias por su respaldo y cariño hacia su diario, EL FARO MOTRIL. Les esperamos en www.elfaromotril.es que a partir de ahora, con su nuevo formato digital, ya es suyo…
Dos linces han nacido en cautiverio, la noticia ha sido
contemplada en la prensa nacional y en
toda la especializada mundial. Las televisiones celebraban el
acontecimiento mostrándonos imágenes de los cachorros, era enternecedor ver
como sus cuidadores les daban el biberón, eran tan fotogénicos con esas
preciosas rayas negras que los adornaban, como si un pincel imaginario las
hubiera dibujado…
En el mismo instante en que nacieron ellos, muy lejos de allí
a miles de kilómetros, tenía lugar otro parto también de una especie en peligro
de extinción
Esa mañana Ndaja se levantó en su choza, apenas había pegado
ojo. Estaba ya tan abultada que casi ni
podía moverse y la reseca tierra que le servía de lecho, cada vez se le
antojaba más dura.
Pesada y cansada se incorporó para iniciar su dura jornada.
Ese día, como todos, tenía que ir a por agua, por el camino buscaría alguna
raíz que le sirviera de alimento, llevaban tanto tiempo con la sequía, que
encontrar alguna que sirviera era una difícil tarea. Tendría que conformarse de
nuevo con las hormigas, casi plato único en los últimos tiempos.
Ese día se le antojó infinita la distancia hasta la charca,
cada paso era un esfuerzo añadido al anterior. Según la gran madre, esa luna
nacería su hijo y la gran madre nunca se equivocaba en sus predicciones, en
cualquier momento se presentaría su criatura.
Le preocupaba el poder alimentarlo después, estaba en los
huesos y se preguntaba como de un esqueleto, que era en lo que prácticamente se
había convertido, podía haber prendido la vida y crecer dentro de ella, o más
bien a expensas de ella. Tenía catorce años y era su primer hijo, pedía al
cielo que fuese varón y que de sus pechos convertidos apenas en un pellejo,
manase la suficiente leche para poder verlo crecer.
En la tribu cada día veía a las madres enterrar a sus hijos,
decía el jefe que de seguir así su raza se extinguiría. Ese diario desfile de
jóvenes madres con sus pequeños ya muertos en brazos, pequeños que apenas eran
un amasijo de huesos, se estaba convirtiendo en un macabro ritual. Los llantos
maternos eran un agudo quejido, que se escapaba de lo más profundo de sus almas
y desgraciadamente se había convertido en el sonido de sus vidas.
Parecía como si ni la tierra quisiera recogerlos, cada día
era más dura y más seca.
Todos estos pensamientos la envolvían mientras caminaba hacia
la charca, cuando notó que un líquido viscoso se escurría entre sus piernas.
Enseguida empezó a sentir los primeros dolores. Se dirigió hacia un matorral y
tras él se agachó a esperar.
Mientras su frágil cuerpo era sacudido por las contracciones
cada vez más virulentas, fue agrupando bajo su cuerpo las escasas hojas que
había a su alrededor, por si se le escurría su pequeño, que su primer lecho no
fuese la reseca tierra.
Dicen que cuando una mariposa mueve sus alas en Japón la
vibración de su aleteo se deja sentir en el otro lado del mundo y así ocurrió
esta vez, cuando los pequeños pulmones de Enu se abrieron a la vida, lo
hicieron también los de los cachorros de lince, claro que ni a él ni a su madre
los atendió nadie, tampoco había un biberón esperándolo y por supuesto al día
siguiente los periódicos no dijeron nada de esto.
Manolo, han pasado muchos años desde que dejaste Motril, pero siempre serás “el cura de San Antonio”. Llegaste a ese barrio y plantaste en medio de él,el Evangelio, como si fuera una tienda de campaña que recogió y acogió a los más pobres, aquellos que eran apartados del centro político, económico, social y religioso de la ciudad. Construiste en aquella Parroquia un sistema de solidaridad que iba más allá de la “caridad cristiana”: una Escuela unitaria con comedor para los más pequeños y no pocas familias, las colonias de niños y niñas por los distintos pueblos de la provincia, búsqueda de trabajos para muchos desempleados y desempleadas, la creación de la Asociación de Vecinos…en fin, sería imposible nombrar todos los espacios que construiste para achicar desigualdades. En nombre de todas y cada una de las personas que ayudaste en el barrio de San Antonio, GRACIAS.
Manolo Velázquez, en una imagen de archivo de El Faro, inaugurando su propia exposición en Motril.
Además de las huellas que dejaste en ese barrio marginado y empobrecido, tu lucha y tu testimonio rebasaron sus límites: tu compromiso por la creación del Hospital de Motril (con huelgas de hambre y golpes físicos incluidos hacia tu propia persona), tu labor educativa en el Instituto de Enseñanza “La Zafra” y tus vínculos con la Escuela Hogar y la Escuela de San Antonio, tu colaboración con distintas ONGs (directa o indirectamente, como donando muchísimos de tus cuadros para proyectos solidarios), tu presencia en multitud de foros y debates públicos siempre defendiendo una sociedad más justa y solidaria… en fin toda una labor que nunca olvidará Motril, por eso, -aún hoy- nombrarte en cualquier sitio significa provocar una palabra de agradecimiento a todo lo que hiciste en Motril. Por eso, también, GRACIAS.
Pero ¿quien escribe esto? Somos un grupo de personas que llegamos a aquella Parroquia pobre y marginada y que conocimos la Buena Noticia de Jesús a través de tu testimonio y tu palabra. Algunos íbamos con ideas religiosas poco cercanas al Evangelio, otros hastiados de ideologías políticas, algunos con inquietudes sociales y liberadoras… pero a todos y todas nos unía el descontento por una sociedad injusta y nuestro deseo de cambiarla y cambiarnos. Y ahí fue cuando tú nos presentaste a Jesús y su Evangelio. Y ya nos desbordó la alegría y la ilusión por vivir y transformar la sociedad que nos rodeaba.
Resumiendo podemos decir que tú estuviste (y sigues estando) en el origen de tres pilares de nuestra vida:
1. Jesús de Nazaret: La figura de Jesús y su mensaje nos llegó a través las reuniones y tus explicaciones en las homilías. Un Jesús desmitologizado, sin ropajes religiosos e institucionales, un Jesús libre, solidario, amigo, cercano…un Jesús Liberador y comprometido en la creación de una sociedad digna de las personas, que nos legó las bienaventuranzas como un programa para alcanzar lo mejor de nosotros mismos y un cambio profundo de la sociedad injusta. Las catequesis, el Junior, los encuentros de comunidades cristianas…. Todo alrededor de ese Jesús tan plenamente humano que algunos piensan que alcanzó la plenitud divina. Pues nuestro encuentro con Él fue gracias a ti. Por eso, también, GRACIAS.
2. Los pobres: Nuestro compromiso con las personas más desfavorecidas vino como consecuencia natural de nuestra adhesión al Jesús que tú nos presentaste. Nos enseñaste que la caridad provoca un paternalismo humillante y que lo suyo (lo de Jesús, nos referimos) es la solidaridad basada en la igualdad y la justicia. Nos acercaste a los pobres, no para consolarlos para que asumieran su situación, sino para hacernos aliados de ellos en la transformación de sus condiciones sociales y económicas. Cada uno de nosotros y nosotras asumimos diferentes compromisos según nuestra situación personal y familiar. Y de nuestra experiencia y compromiso crecimos y nos enriquecimos como personas. GRACIAS, por eso también.
3. La comunidad: Nos sacaste de nuestras individualidades y egoísmos. Nos enseñaste que seguir a Jesús sólo se podía hacer en grupo, en comunidad. Y allí, siempre alrededor de una mesa (para compartir el pan o la palabra), nos tenías cogidos de las manos, cantando “Yo te nombro Libertad” o abrazándonos para acercar nuestros corazones. Éramos diferentes pero iguales. En nuestro grupo vivimos por primera vez el feminismo, la aceptación de las diferentes orientaciones sexuales, la convivencia entre diferentes etnias… Gracias a nuestra experiencia comunitaria nos pareció -y nos parece- inhumano el racismo y la xenofobia, la homofobia y la violencia de género; gracias a vivir la experiencia de Jesús en grupo nos pareció -y nos parece- que el único camino es la defensa de los Derechos Humanos, que es una concreción más del encargo que nos hizo Jesús: “que os améis unos a otros; igual que yo os he amado, también vosotros amaos unos a otros” (Jn, 13,34). Por construirnos como comunidad, GRACIAS.
Manolo, qué bien hiciste en nuestras vidas, qué bien que viniste… y qué bien por quedarte siempre. Porque gracias a ti tenemos la convicción que Jesús y su proyecto es la respuesta que el mundo necesita.
Hace unos días y tras dar un paseo con mi hija pequeña por el ¨Parque de las Américas¨, sito en el centro de Motril, provincia de Granada, critiqué en varios foros de Facebook , las dos esculturas que hay en dicho parque y que se llaman ¨el encuentro¨. Son esculturas de unos gigantes desnudos que, por sus dimensiones, imponen muchísimo a niños y adultos. Los órganos sexuales de ambos son también de un tamaño considerable, muy lejos, estéticamente hablando, de los desnudos clásicos a los que los viajeros estamos un poco más habituados. Créanme si les digo que en este caso el tamaño importa. No es preciso dar más detalles, ya saben a qué me refiero. Supuestamente representan el encuentro entre el viejo mundo y el nuevo. Si eso es así, al menos uno debería ir vestido, pues nosotros enseñamos al indio a taparse. ¿Por qué se permite esto en un parque donde van familias con niños?, pregunté. Fue entonces, al igual que a Zemmour, cuando ¨los progresistas se aliaron con los libertarios y con los movimientos feministas, que a su vez se unieron a los movimientos homosexuales y las minorías sexuales se aliaron con las minorías étnicas¨ para entablar un acoso y derribo en las redes contra mí y mi familia. Alegaban el tiempo transcurrido desde que están ahí, treinta años. Pregunté entonces por esos nombres de calles que llevan puestos muchísimo tiempo y que se cambian por motivos mucho menos importantes. Pero el acoso continuó durante días: ¨Pues vete por otro sitio con la niña¨, ¨pues explícaselo a tu hija¨, ¨pues no las miréis¨, ¨pues vete a otros países y veras¨, ¨es lo último que me faltaba por oír¨ , ¨vete a vivir a otro lado¨, etc. etc. ¿Esta gente no se da cuenta que, al pasar junto a esos gigantes, me están coaccionando a hablar de sexualidad con mi hija pequeña en un parque público? En el lugar y momento equivocado, en un espacio y tiempo en el que no han dado la oportunidad de elegir a un padre. No quieren entender que nos han restringido, igualmente, nuestra libertad de movimiento a favor de la suya propia, en un parque que es de todos. Ahora nos vemos obligados a pasear por otros sitios en pro del ¨progreso¨. Qué pena vivir en una sociedad donde se nos obliga a ser tolerantes con dos gigantes enseñándonos sus órganos sexuales y no se obliga a respetar a un padre, a un niño o una niña pequeña que sólo quieren pasear libres por el parque. Desgraciadamente, España ha adoptado sin tapujos las indicaciones de la revolución del 68. Como bien dice el periodista galo Eric Zemmour, ¨ahora está prohibido prohibir¨. El objetivo: destruir a la familia católica tradicional y anular al hombre heterosexual blanco. Estamos sin duda ante ¨la destrucción intencionada, pensada e impuesta de los individuos, las familias, los pueblos y las naciones¨. Lo siento pero yo no me resigno a conformarme.
“La seguridad en uno mismo,
concertada con la de los demás, es el primer paso resolutivo hacia los
intereses comunes”.
Víctor Corcoba -Escritor-
Urge liberar nuestra existencia de tantos abecedarios tóxicos que lo único que hacen es distanciarnos unos de otros, acrecentando los sufrimientos y las dolencias del alma. Para empezar, es un criterio de humanidad, confiar más en nosotros mismos, pues en medio de estos perecederos tormentos terrenales, que proliferan por todo el planeta aterrorizándonos, hay un camino de maduración que nos da aliento y nos fortalece para mirar hacia adelante, con otro espíritu menos nostálgico y más creativo, en cuanto a que debemos introducir otra seguridad, como es la confianza mutua en el ser humano como tal. Desde luego, este mundo cambiante con sus desafíos globales, no puede persistir en el desengaño. Hemos de forjar un esfuerzo conjunto entre todos los moradores. Es el único modo de resolver los muchos retos a los que nos enfrentamos. La seguridad en uno mismo, concertada con la de los demás, es el primer paso resolutivo hacia los intereses comunes. Esta visión nos compromete a ser más auténticos, a trabajar con otra lucidez más nívea, a encarnar otras aspiraciones de encuentro reconciliado con nuestro análogo, a vivir y a desvivirnos por la grandeza de esta vida, con la que hemos de hermanarnos y saber convivir.
La confianza, por tanto, es esencial, al menos para que la espada del dolor no siga atravesando a ningún ser humano viviente. Nunca es demasiado tarde para practicar el corazón, extender la mano y verter una sonrisa a nuestro alrededor. Ojalá este lenguaje nos active armónicamente. Por sí mismo nadie es nada, nadie vive solo, continuamente nos entretejen otras existencias, que nos vinculan y han de revertirnos en ascender como familia humana, dispuesta a generar un mundo más compasivo y menos cruel; con hambre cero, educación de calidad sin exclusiones, inclusión entre personas y actuación unida en la lucha climática. Quizás tengamos que rescatar otros modos y maneras de vivir. A propósito, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, la FAO, acaba de certificar una vez más, la apuesta por la dieta Mediterránea que promueve la producción local de alimentos, fomenta la agricultura sostenible, protege la naturaleza y tiene una huella ambiental baja. Por desgracia, los hábitos alimenticios modernos de comidas rápidas, aparte de generar consecuencias preocupantes para la salud y la vida de las gentes, conllevan una fuerte carga de desnaturalización del alimento, en el que lo único que importa no es el valor nutricional, sino la mayor cantidad de ventas posibles. Sea como fuere, no podemos continuar anestesiados, y por ende insensible, demandamos que la semilla de la solidaridad verdadera germine con fuerza.
Ciertamente, vivimos unos momentos de gran dificultad para todos, no es fácil la vida para ninguno de nosotros, lo que a mi juicio nos exige otro tesón más humanístico, de mayor coraje en uno mismo, de perseverar en esa confianza que se requiere como virtud, quizás hoy más que nunca, puesto que sin su entereza, no puede germinar un espíritu demócrata por ejemplo. La ventaja de la democracia sobre las demás formas de gobierno, precisamente, radica en esa sabiduría colectiva empeñada en que todos participen y se escuchen, porque se basa en la consideración de todo ciudadano como ser racional. Por eso, ese gran mal que es la corrupción (política, económica…), nos afecta a todos. Su inmoralidad nos empobrece y elimina de raíz la fidelidad en el sistema. De ahí la importancia de acciones transparentes, de entender, valorar y practicar la compasión a la luz de la evidencia, sobre todo si pensamos en construir un desarrollo humano de alcance universal, en diálogo entre saberes diversos compartidos, confianza mutua que genere tranquilidad y operatividad entre entusiasmos diversos. El planeta no avanza solo en base a unas relaciones de derechos y obligaciones sino, antes y más aún, con diplomacias de gratuidad, de clemencia y de correspondencia. Por consiguiente, nada puede concebirse sin ese vínculo de entendimiento cabal, familiaridad con el semejante y franqueza. Sin duda, no existe un signo más patente de debilidad de la especie pensante, llegando incluso a poner en duda la continuidad del linaje, que desconfiar instintivamente de todo y de todos.
Hay una realidad que no podemos omitir, y es la de sentirnos acompañados en todo momento. De ahí la importancia de avanzar en el conocimiento mutuo, de conocer y reconocer las diversas culturas, ofreciendo al mundo un testimonio de los valores de la justicia, la paz y la defensa de la dignidad humana. Levantemos, pues, todos los muros y hagamos piña por lo armónico, con espíritu generoso y entrega incondicional a los que piden nuestro auxilio. Socorrer no sólo es parte del deber humano, sino también parte de la placidez nuestra.
Para desgracia de todos, son muchas las personas que huyen desesperadas de su entorno y nos necesitan. Seamos su aliento. El mundo ha de ser más corazón que poder, más poesía que pedestal, más abrazo que rechazo. Cualquiera nos podemos ver en situaciones de dificultad en algún momento de nuestra existencia. En estos momentos, pienso en esas gentes que desean tener la posibilidad de una vida libre de violencia y afrontan la escapada con la ilusión de encontrarse con un ambiente hospitalario. También reflexiono sobre esas valerosas mujeres en riesgo permanente, puesto que son más vulnerables a los abusos sexuales. Ojalá reforcemos nuestra presencia, nuestra mano tendida, hacia aquellos seres humanos en situación de abandono y necesidad. No olvidemos que uno se reconoce a sí mismo en relación con los demás, y que es obligación levantar al débil, pero al mismo tiempo sostenerlo y sustentarlo después, hasta que se reencuentre con fuerzas.
Sentirse acompañado es la primera respuesta humanitaria, para luego focalizar nuestro soporte en los aspectos de integración, de reducción de la xenofobia y la discriminación, ofreciendo ese espíritu solidario que todos nos merecemos por el simple hecho de formar parte de la familia humana. Jamás desterremos los vínculos. Somos miembros de una estirpe común, que puede ser diversa, pero que ha de ser convergente en ese bien colectivo que a nadie le podemos negar. Por tanto, es hora de que la sociedad enhebre otras actitudes, de que sus moradores actúen de otro modo más auténtico y clemente, y por eso, es fundamental que la comunidad internacional reflexione sobre cómo puede cumplir con los compromisos de reducir la corrupción y el soborno, quizás haciendo de las instituciones una buena gobernanza, organismos más eficaces y tranparentes, para que podamos fortalecer la recuperación y devolución de activos robados.
Desde luego, este espíritu corrupto mundializado, con el consabido gran poder que le respalda, puede llegar a destruirnos como linaje. Es público y notorio que esa pequeña élite dominadora, que no ha sabido ganarse el pan con dignidad, estará siempre dispuesta a dificultar la rendición de cuentas, lo que no solo debilita la democracia con sus actuaciones, sino que también impide avanzar hacia ese orbe armónico, donde nadie ha de ser más que nadie. Sin duda, estamos llamados a ser ese equilibrio natural respetuoso con todo y por todos. Esto será la mayor riqueza de la familia humana. En consecuencia, no podemos continuar endiosados en esa atmósfera de injusticias permanentes, en ese andar egoísta, que solo entiende de negocios para sí y los suyos.
Seguramente nos vendría bien a todos, avivar una mayor entrega hacia ese pilar mundial de los derechos sociales, máxime cuando aumentan tanto las desigualdades por todo el planeta, cuando menos para poder sentirnos comunidad. Indudablemente, es la experiencia de sentirnos parte del mundo lo que nos pone en movimiento. Con la dignidad de sentirnos útiles y cooperantes es como se cimienta ese mundo más sensible a los problemas de nuestros análogos. Esto implica, activar las acciones conjuntas por muy diferentes que sean las políticas de los gobiernos, fomentando toda clase de intercambios entre culturas. Por otra parte, urge un cambio radical en el comportamiento de la humanidad. Para empezar, a mi juicio, hay que ser más consecuentes con nuestros estilos de vida, y no permitir degradarnos por estructuras económicas que nos manejan a su antojo. Ningún ciudadano se vale por sí mismo. Cierto. Forma parte de la naturaleza y hay que tomar conciencia de esa capacidad de compartir, de hacer familia, de sentirse tronco en suma. Es un modo de quererse y de amar, de donarse y de perdonarse, de embellecerse y engrandecerse, porque al fin, nada nos es ajeno a ese deterioro de la calidad de la vida humana y de degradación social que todos soportamos, unos de manera real y otros de manera tácita. Al fin y al cabo, lo armónico se conquista cada día y es para todos, como la muerte misma llega porque sí, y para todos de igual forma.
MANUEL DOMÍNGUEZ -Historiador. Hijo Predilecto de Motril-
Las epidemias de peste fueron la principal causa de mortalidad catastrófica en la España de la Edad Moderna. Capaces de amenazar a pueblos y ciudades, paralizaban su vida social y económica y ocasionaban una gran mortandad, en una época en la que, además del aislamiento de los enfermos, no se conocía ningún remedio ante la enfermedad.
La historia de Motril entre los siglos XVI y XVIII estuvo marcada por toda una serie de desastres, muchos de ellos de origen natural y otros impulsados por el hombre. No podemos entender nuestro pasado sin todos aquellos acontecimientos de carácter trágico que acaecían con demasiada frecuencia en la vida de nuestros antepasados: guerras, hambrunas, sequías, temporales, hielos, plagas, terremotos, incendios y epidemias, que diezmaban a la población y destruían las infraestructuras con tanto trabajo construidas.
En el imaginario colectivo de los motrileños de la Edad Moderna, la peste siempre fue la más terrible de las catástrofes que se podrían presentar,
Entre las distintas ocasiones que, desde 1507, la peste afectó a Motril, la epidemia de 1679 fue la más virulenta y la que ocasionó, sin lugar a dudas, más víctimas entre la población motrileña de la época y es, también, la mejor conocida por la documentación que se conserva en el Archivo Municipal de la ciudad, en los archivos provinciales y estatales y por el libro de D. García Niño de la Puente y Guevara: “Recuerdos para el escarmiento de las divinas iras y efectos de las soberanas misericordias, experimentadas en la epidemia contagiosa padeciada y perfecta sanidad lograda en la Muy Noble y Leal Ciudad de Motril este año de 1679”. La obra se publicó en Granada en 1680 y en ella, el autor, afirma que el número de difuntos sobrepasó los 7.000, cantidad muy elevada para una población que, según el Concejo Municipal, era de 3.600 habitantes, a no ser que en la cifra dada por Garcia Niño se incluyesen los fallecidos entre los trabajadores forasteros y sus familias que en el tiempo de la zafra venían a la ciudad a cortar la caña, a rozar las leñas y a trabajar en los ingenios azucareros; cuya cifra superaria seguramente las 10.000 personas, siendo esta una población muy sensible a las epidemias por su insuficiente alimentación y las condiciones insalubres en las que vivían. Documentos contemporaneos afirman que de las 1.715 casas que había en la ciudad, sólo se libraron del contagio 276, lo que nos da una visión muy clara de la intensidad de la plaga. Faltaron lugares de enterramiento en las iglesias, ermitas y cementerio, hubo que sepultar los cadáveres en las calles y plazas y fue necesario abrir fuera de lo poblado nueve grandes fosas comunes, llamadas “carneros”, para dar sepultura a la elevadísima cantidad de victimas.
La epidemia debió comenzar sobre el día 9 o 10 de abril de ese infausto año de 1679, fechas en las que se dieron los primeros fallecimientos. El Concejo se resistía a declarar la epidemia ya que eso significaba aislar la ciudad, interrupir las tareas de la zafra y cerrar los ingenios, con lo que la ruina ecónomica para Motril estaba asegurada.
A partir de esas fechas, los enfermos y difuntos se multiplicabna sin que de nada sirvieran los remedios de médicos y cirujanos que seguían afirmando que se trataba solamente de un tabardillo común. Pero el contagio no cesaba.
Antigua ermita de San Antonio (Foto: El Faro)
Ante la incapacidad de frenar el contagio por los medios tradicionales como era quemar enebro, romero y tomillo por la calles para purificar el aire; los motrileños tuvieron, como en otras ocasiones, que recurrir a implorar la ayuda divina. Pentencias públicas, ayunos, piadosas limosnas, votivas novenas y reverentes procesiones eran incapaces de detener la enfermedad que, día a día, se iba haciendo más maligna. La gente angustiada solicitó que se sacara de la lglesia Mayor la milagrosa imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno que fue acompañado por una multitud de fieles con antorchas. La sagrada efigie se llevó al Cerro y desde allí, junto a la Virgen de la Cabeza, se hicieron rogativas para que preservaran la ciudad y a sus habitantes de tan mortífera enfermedad. Los frailes Franciscanos, Mínimos y Capuchinos subieron descalzos, como penitentes, durante nueve días al templo de la Virgen, donde ofrecieron gran múmero de misas por la salud de Motril.
Pero nada parecía suficiente para atajar la temida peste bubónica y el 28 de abril la Junta de Sanidad tuvo que declarar oficialmente que en Motriel había una epidemia de pestifera y que convenía aislar la ciudad, hacer hospitales, abrir fosas de entierro, quemar las ropas de los infestados, matar los animales domésticos, prohibir las reuniones de gentes, purificar la ciudad y marcar con almagre las casas donde hubise algún enfermo. El dia 29 se hizo pública la declaración ante el sobrecogimiento de las miles de personas que había en la ciudad.
Mayo fue un mes dificilísimo y ya los muertos se contaban por miles. De nuevo los frailes Mínimos de la Victoria sacaron en procesión a san Francisco de Paula por la calles casi desiertas entonado largas letanías, los Franciscanos procesionaron a san Francisco de Asís y, también, se sacó de madrugada, para evitar aglomeraciones de gentes, la portentosa imagen de la Virgen de la Cabeza, llevándola a visitar los dos hospitales de apestados y así consolar a los enfermos. Asimismo sacaron en procesión la imagen del Cristo Crucificado de la cofradía de la Veracruz que estaba en la iglesia del hospital de Santa Ana y durante dos noches consecutivas se volvió a procesionar por las solitarias calles al Nazareno.
En junio la epidemia no había aún disminuido pero en la noche del 13 de ese mes, festividad de san Antonio de Padua, siendo como las 11, una extraña y potente luz proveniente del cielo iluminó la ciudad durante bastante tiempo, la noche se hizo dia. Todos se quedaron asombrados por la magnitud del prodigio y atribuyeron rapidamente el fenómeno a un milagro del santo. Los efectos, según cuentan las crónicas, fueron maravillosos pues desde ese día la epidemia comenzó por fin a remitir, decreciendo constantemente el número de contagiados y de muertes. La ciudad, agradecida, hizo voto perpetuo al santo de Padua. Para el 26 de junio parecía que ya la terrible epidemia estaba dando sus coletazos finales y para primeros de agosto ya había pocos enfermos, no siendo necesario mantener el hopital de abajo y se ordenó su cierre. Paulatinamente se manifestaba la continua mejoría, ya eran raros los enfermos y casi ninguno los difuntos. El dos de septiembre se clausuró, también, el otro hospital con lo que se daba por concluida la pestilencia, aunque la ciudad tendría que guardar todavía cuarentena. Por el Ayuntamiento se ordenó el repique general de campanas y se organizó en acción de gracias una procesión encabezada por una banda de clarines y tambores, seguían los vecinos con velas y antorchas encendidas precediendo a las imágenes de san Francisco de Asís y san Roque, cerraba el cortejo el corregidor Pedro Olabarría, los caballeros regidores y el gobernador de la gente de guerra.
Cuando la comitiva entró en la actual plaza de España, fue saludada por una salva de artillería de los cañones de la torre de la Vela y recorrieron la ciudad hasta dejar a san Roque en su ermita y a san Francinco en la iglesia del convento franciscano frente al ingenio de la Palma. Por último, habíendose completado la cuarentena, la salud de la ciudad se anunció públicamente el 12 de octubre de 1679. Había cesado finalmente el tremendo castigo que la epidemia de peste infringió a los motrieños y se dieron gracias a san Antonio de Padua, patrón de Motril, por los especiales favores que concedió a la ciudad y sus habitantes desde aquella inolvidable y extraodinaria noche del 13 de junio, en la que se vio aquella misteriosa y maravillosa luz en el cielo motrileño.
Hubo un tiempo, que hoy parece leyenda, en el que este pueblo, cansado de pobreza, de olvido y de caciques, se echó a la calle para defender su derecho a la prosperidad. Primero lo hizo cogido de la mano, todos juntos, exigiendo un hospital que robase algunas vidas al precio que exigía el olvido de Granada; luego, contra sus instituciones, para evitar aquella gran mentira construida desde el poder que pretendía hurtar a esta tierra de lo único que le quedaba para aferrarse al futuro: el agua. Sin industria, sin universidad, sin carreteras ni aeropuertos, la Costa de Granada solo tenía el agua del Guadalfeo para regar la única porción de esperanza que se le había dejado: la agricultura. Y pretendieron llevársela.
No escatimaron recursos para lograrlo. El Gobierno movilizó a toda su maquinaria, desde los alcaldes a los ministros, para que aquello fraguara, pues lo que estaba en juego no era cosa minúscula: la agricultura intensiva del Poniente almeriense, milagro económico de los 80 y tierra de prosperidad para los que sudaban el invernadero y, más aun, para los que especulaban con su suelo y con el agua.
Frente a toda aquella ciclópea maquinaria se levantó un pequeño grupo de Sans-culottes que se nucleó en torno a la Asociación Guadalfeo; entre ellos recuerdo a José Luis Barragán, Celso Castro y Eduard Vandoorne, aunque hubo muchos más, de quienes espero que me disculpen por mi pésima memoria. Allí conocí a aquel extranjero, endeble y desaliñado, con barba y bigotes cervantinos y ademanes de mosquetero, que hablaba un castellano parsimonioso donde cada palabra era un estilete y que había construido, en aquella casa con huerto de la calle de las Monjas, un centro de investigación donde se desmontaban, a golpe de recorte de fotocopia, todos aquellos trajeados informes que desde los ministerios y la Confederación Hidrográfica alimentaban los periódicos y los despachos de los ediles de la época.
Todos los periódicos menos EL FARO, que se había convertido en el portavoz de aquella insurrección improbable y que contrarrestaba con sus reportajes todo la inmensa arquitectura propagandistica que había desplegado la Administración. Perdida así la batalla de los argumentos, se gaseó la ciudad con infundios y sospechas; se llegó a decir de él que era un agente extranjero, que respondía a oscuros intereses de los señoricos de Motril o, simplemente, que era un desocupado. Incluso se vendió la especie de que todo aquello era un pacto Ribbentrop-Mólotov a la motrileña para desbancar al partido en el poder.
Pero la batalla ya estaba ganada. Con un trabajo incesante construyó alianzas con las comunidades de regantes y las gentes de la Alpujarra; en un tiempo donde los teléfonos aun tenían timbre y el correo se franqueaba con sellos, trasladó al Parlamento Europeo la preocupación por la gestión del agua en Andalucía y fue capaz de movilizar, en una convocatoria sin precedentes, a la comarca entera. No digo que fuese solo su trabajo quien logró aquello pero si digo que sin él, sin su constancia ni su determinación, posiblemente no se habría logrado.
Eduard Vandoorne trajo a la Costa el aire verde que llegaba desde el norte de Europa. Hablaba de agricultura ecológica, de lucha integrada, de energías renovables, de las plantas y de su poder curativo… Se detenía con cada anciano, con cada labrador, con cualquiera que quisiese contar algo, deseoso de captar el conocimiento que provenía del trabajo y de la gente. Fue pionero en mostrar la comarca y su agricultura a los visitantes de otros países e intentó vivir de esto en nuestra tierra, lo que solo pudo conseguir tras alejarse de ella.
Lo volví a ver hace unos pocos años, tras más de 20 sin ningún contacto. Fue en esa aventura que Antonio Reyes puso en marcha y que llamo Subida a las fuentes del Guadalfeo. Aunque ya no era aquel delgado y joven idealista verde, su voz seguía siendo parsimoniosa y exacta, casi melódica, capaz de convencerte solo con el susurro de las palabras; casi llegó a persuadirme de que su nueva patria, Málaga, era una tierra ignorada y menospreciada por los poderes públicos.
Eduard ha pasado a engrosar esa lista de personas imprescindibles que fueron arrinconadas en vida e ignoradas en su muerte; personas que fueron significantes y que produjeron cambios que redundaron en beneficios para el conjunto de nuestra comarca y que obtuvieron por recompensa el olvido. No, no habrá calles con su nombre ni ceremonias trajeadas; la historia se reescribirá y lo que fue el fruto de la lucha de la gente pronto será el regalo de las instituciones y de algún gran prohombre impostado, pero para quienes le conocimos sabemos que el agua que riega hoy nuestras tierras susurra su nombre.
Hasta siempre Eduard, me despediré en tu nombre de los campos y de los trigos.