«No es cierto que no es un buen tiempo para los soñadores…» Me espetó firmemente aquel hombre. En ese momento no supe qué decir y sonreí. Él prosiguió. «Los sueños están hechos de un material muy sensible y dependen de la fuerza moral de quien los crea» Casi sin saber cómo, aquel hombre volvió a sentenciarme. Me pareció una gran paradoja: Era tan frágil aparentemente… Apoyado en un fino bastón de madera tallada, con algo de cojera, aproximadamente centenario de edad y con ese característico brillo en los ojos de esa gente que, aferrada a la vida, se emociona con cualquier mirada cómplice o con cualquier palabra sincera y amable.
Yo estaba sorprendida. Sentada a su lado en un banco de la Rambla Capuchinos. Él me miraba elocuente. Hablar de sueños le llenaba de vida. «Pero aún no me has dicho cuál es tu sueño» Dijo mientras me regalaba una pequeña pero agradable sonrisa. Esperó mi respuesta tranquilo. Y yo me di cuenta de que había hablado en serio todo este tiempo. De que no bromeaba cuando hablaba de sueños y me preguntaba cuales eran los míos. Extrañamente estaba impresionada. Esta vez sonreí de verdad y contesté: «Mi sueño es cambiar el mundo»
Él afirmó con la cabeza. «Cambiar el mundo… es difícil, pero no imposible».
Automáticamente pensé que era un auténtico soñador. Y antes de que pusiera en tela de juicio su afirmación, él continuó la respuesta: «Es posible cambiar el mundo si comienzas por las cosas pequeñas. Regala siempre lo mejor de ti, sin esperar nada a cambio. Solo así sabrás ser humilde. No cometas siempre los mismos errores que te llevaron a algún fracaso, porque el camino nunca será duplicar el dolor. Aprende a arreglar lo destrozado después de cualquier error porque solo así sabrás que no merece la pena buscar culpables. Sonríe y sé sincera siempre contigo y con los que te rodean, incluso cuando lo que vayas a decir no te guste. Solo así sabrás ser transparente. Y sobre todo, para cambiar el mundo, es muy importante que sepas una cosa. Y esa cosa es que nunca lo cambiarás a la primera.»
Logró emocionarme. Es verdad que el mundo se había intentado cambiar muy rápido y los que lo cambiaban, lo esperaban todo a la vez. Y es verdad también que mientras lo hacían, cometían, una y otra vez, los mismos errores del pasado. Y en cada una de todas esas caídas, perdieron el tiempo buscando un culpable sabiendo que con cada fracaso duplicarían el dolor de un sin fin de mundos aparte del suyo. Dejaron de ser sinceros. Pero en este caso algo había cambiado. Aquel hombre y yo, estábamos de acuerdo. Creíamos que el mundo que aparece cuando abres la puerta y sales a la calle, no es un mundo preestablecido. El mundo puede cambiarse si la gente sueña con hacerlo. Las cosas pueden cambiarse si la gente decide cambiarlas. No importa que tengas ochenta y tres o veinte años, no importa que camines cojeando o brincando en zapatillas. Aquel hombre vivió en un mundo donde se pretendían uniformar las ideas, donde la educación ocupaba un lugar secundario, donde todo estaba siempre inmerso en un marco ideológico en el que valía más el renombre que el hambre. Vivió una historia que no debería repetirse porque los errores que se repiten siempre duplican el dolor.
Yo lo soñaba. Pero él llevaba muchos más años soñándolo. Cuando crees, siempre ves. Cuando sueñas, siempre eres capaz. Solo hace falta que creas fuertemente en ello, que agarres el sueño con fuerza y que no dejes que nadie lo corrompa. Él cambió mi mundo empezando por lo pequeño. Y si tú has leido esto, estoy segura de que cuando vuelvas a soñar, te acordarás de mis palabras. Porque al fin y al cabo, eso es lo que quería. Que vieras que yo también he soñado contigo y con tu sueño. Y que lo que sueñas puede hacerse realidad.

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